domingo, 10 de junio de 2012

Intento a la resignación {Tokio Hotel}

Pairing: Bill/Tom
Categoría: slash
Género: angst
Rating: K+
Resumen: Quería que su hermano mayor tuviera su espacio; quería que ambos tuvieran individualidad; sabía que necesitaban intimidad, sabía que el monopolio estaba mal.






 –No te vayas. No te vayas, no me dejes aquí; no lo hagas.

Se había mantenido sereno todo aquel tiempo. Sereno hasta que el reloj indicó que todo aquel día se había terminado y comenzó  a dar paso a uno nuevo.
Un nuevo día en que le inundaría la soledad.

De pronto se sintió enfermo. Enfermo de sí mismo por la dependencia tal que le volvía insoportable estar sin él siquiera un segundo.

–Tú no quieres ir y yo ya me comprometí a hacerlo. Ven conmigo.

–… No puedo. De verdad no quiero hacerlo, así que no me hagas dudar. No voy.

Pronunciando las palabras como si realmente estuviese convencido. Porque no lo estaba; y cada segundo que pasaba, dudaba y dudaba.

–Tres días. –

Como si aquello no fuese una tortura, tenía que hacerse el fuerte para no flaquear. Porque se había decidido a madurar a no ser dependiente.
Porque tenía que darle espacio a los dos. No porque quisiera, sino porque así tenía que ser.

–No vayas. –

Y toda la comida de su estómago se irguió en revolución. Dando vueltas, revoloteando cual mariposas en plena travesía; cientos y cientos de ellas le golpearon cuando vio a su hermano darle la espalda para alejarse de ahí.

Y se sintió solo. Solo y vulnerable como jamás se había sentido. Supo que no lo iba a soportar. Supo que no quería, ni podía esperar ni un día.
Las lágrimas se agolparon unas tras otras, luchando por no salir y fallando en el intento, resbalando sin control.
Un sollozo se le escapó de los labios y cubrió su boca con expresión de horror, esperando no haber sido escuchado y dando media vuelta para salir corriendo de ahí.

Quería que su hermano mayor tuviera su espacio; quería que ambos tuvieran individualidad; sabía que necesitaban intimidad, sabía que el monopolio estaba mal.
Desde el principio supo que aquello no podía durar por siempre y le dolió, le dolió como nada el saber que la única persona para estar cada segundo era él mismo, aun cuando los segundos sólo pudiera contarlos en la compañía del otro.

Pero eran dos personas, dos espacios individuales. Dos entidades distintas (y en su tortura, distantes).
Y no quería delatarse, porque sabía que lo iba a preocupar, que debía ser más fuerte y no sucumbir ante su propio egoísmo inocente y aquello que era una necesidad tan básica.

Lo sabía pero no pudo detenerlo; la salida de todo su alimento, cada cosa ingerida golpeando brusca y acuosa por una salida, pesada y mezclando cada sabor que al entrar le hubiese parecido apetitoso.

Estaba mal y se sintió enfermo. Se sintió enfermo mientras lloraba aferrado al inodoro sin poder articular una palabra ni formar una oración; dejando salir lo que no quería dejar y sin lograr sacar lo que debía quedarse dentro.

Porque cuando su hermano le sujetó la cabeza para alejarla con prudencia de la porcelana, y ser un apoyo en su repugnante sufrir, y toda la soledad se disipó hasta desaparecer, sus ojos seguían ahogados en llanto por no poderle detener. Y quería gritar:

¡No te vayas! ¡No te vayas, no lo hagas, no me dejes aquí! ¡No me dejes aquí! Ni un día, ni dos, porque no me importa si dices que son sólo tres, para mí son el abismo.

–Un abismo infranqueable. –

Así que no me dejes… ¡No me dejes aquí o me consume en soledad! ¡Te necesito cada segundo de mi vida! ¡No me dejes aquí! ¿Qué voy a hacer si tú no estás? ¿Cómo pasaré cada minuto de tu ausencia? ¿Cómo cargaré el peso que me asfixia cuando no te escucho respirar cerca?
¡Quédate aquí! ¡No te vayas! Adonde sea, llévame contigo, tú y yo y nada más. Donde sea, no me dejes aquí, no me dejes aquí, no soportaré un segundo sin ti.

–¿Es que no soy suficiente? –

–¿Por qué no puedo ser suficiente? –

No te vayas, y no me dejes aquí.
Sobre todo, no me dejes aquí. Si tú no estás, no vale la pena.

–¿Qué puedo hacer para ser suficiente? –

Te lo doy todo, pero llévame contigo.
Si no estás a mi lado, no hay punto de conforte.

Pero no lo hizo. No gritó. Ni un solo sonido cuando miró a su hermano partir por la mañana.
Aun cuando le consoló envuelto en llanto y vómito, restregando como lo más bajo su dolor.
Ni un solo sonido salió de su garganta.

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